Antonio Sánchez García: 2017, el año de la traición y la tragedia

Antonio Sánchez GarcíaAntonio Sánchez García

Entramos al túnel más tenebroso de nuestra historia. Y al salir de él nos encontraremos con un panorama desolador. No esperemos miel sobre hojuelas. Esperemos la hecatombe. O reaccionemos con virilidad y fortaleza. Llegó la hora de la verdad.

Creo que, sin lugar a dudas, el año 2017 ha sido el año más nefasto, ruin y catastrófico de la historia venezolana. Un año que, de no experimentarse cambios radicales que conduzcan al fin del régimen, podría caer en las profundidades del averno. Nos espera un país arruinado hasta la desolación o incendiado en llamas, devastado material y espiritualmente e indigno de figurar entre las naciones civilizadas del planeta. O eventualmente ensangrentado de extremo a extremo por las expresiones de desesperación de quienes ni siquiera tienen basureros en los que rastrojear sustento. ¿Cuáles pueden ser las expectativas de un país que ha visto desatarse la devaluación dentro de la devaluación y que en menos de los primeros diez días de 2018 ha visto subir el valor del dólar frente al bolívar en 50%? ¿Terminaremos enero con un dólar a 300 bolívares?

Políticamente fue el año de las más extraordinarias manifestaciones de protesta, incluso mayores y más exitosas que las que condujera La Salida en 2014 bajo el impulso de Leopoldo López en alianza con María Corina Machado y Antonio Ledezma. La sociedad civil recuperó el liderazgo del enfrentamiento insurreccional contra la dictadura, que perdiera en 2006 por efecto del desastre electoral de Manuel Rosales promovido por la dupla Petkoff-Borges. Bajo el liderazgo de una juventud dispuesta al martirio por recuperar la libertad. Jamás estuvimos más cerca de lograr la rebelión total y el desalojo final de la dictadura. El 16 de julio casi 8 millones de votos plebiscitaron el respaldo ciudadano a la insurrección y entregaron un mandato de respaldo a toda medida que apuntara en la dirección anhelada por los venezolanos: ponerle fin a la dictadura, liberar a todos los presos políticos y rechazar el esperpento constituyente parido en La Habana. Hubiera bastado entonces la decisión y la voluntad de los partidos hegemónicos de la MUD, AD y PJ, para, legitimada la decisión de sacudirnos el yugo, unir todas las fuerzas sociales y políticas tras el fin del régimen. Pero en lugar de sumarse a la insurrección, Ramos Allup, Borges, Rosales y Falcón se aliaron a Nicolás Maduro para fracturarla, una vez más, darle estabilidad a un gobierno agonizante y volver a imponer una vía de entregas, sometimientos y fracasos. Esa traición es la más grave sufrida por el pueblo venezolano en estos 18 años de pesadillas. La causa que convirtiera a 2017 en el año de la tragedia. El pacto de Santo Domingo no ha sido sino el colofón: imponer la farsa electoral de 2018 y entronizar la dictadura.

En el orden económico, la tragedia alcanzó el clímax. Por estas mismas fechas pero de 2017, el Fondo Monetario Internacional, siempre sobrio, mesurado y objetivo para evitar toda especulación de expectativas políticas y mediáticas, pronosticó que el año sería de catástrofes económicas y anticipó el récord para Venezuela, en la región y en el mundo de una inflación calculada hasta diciembre pasado en 720%. Y pedía cautela para las expresiones de asombro, pues para 2018 la inflación podría alcanzar la estratosférica cifra de 2.068%.

Dicho cálculo se ha equivocado en un año completo: el brinco inflacionario se le adelantó de manera dramática. Y más. Pues según los datos de la Asamblea Nacional de Venezuela, esa cifra calculada para fines de 2018 fue ampliamente superada a fines de 2017: la inflación ha alcanzado el récord mundial en decenios de cálculos inflacionarios creíbles, pues se alzó hasta 2.616%. Si dicha cifra supera casi 4 veces la calculada por el FMI, ¿debemos esperar para 2018, una índice inflacionario de 10.000%? ¿Incluso más? No es Pdvsa la que entró en default: es Venezuela. La absoluta irracionalidad del desastre no resiste cálculos matemáticos.

Leo el estremecedor testimonio de Jan Valtin sobre sus años de militancia comunista a comienzos de los años veinte, que tras los espantos vividos a la sombra del Comintern y su pasantía por las cárceles de la Gestapo para convertirse en agente doble, dejaría atrás para dar testimonio en 1941 de lo que cabía y cabe esperar del comunismo en cualesquiera de sus vertientes –La noche quedó atrás, tituló sus memorias–, a saber el gulag, el esclavismo, la represión, la persecución y la muerte, y me encuentro con las espeluznantes cifras de la inflación que azotaría a la República de Weimar, que creara las condiciones para el asalto al poder de Hitler y el nacionalsocialismo. “En octubre de 1923 el salario diario de un trabajador del muelle en el puerto de Hamburgo era de DM 17.000.000.000 (diecisiete mil millones de marcos)”. Una barra de pan costaba decenas de millones y ante la incapacidad de pagar con los marcos habituales, el gobierno se vio en la obligación de emitir una moneda de 1.000.000.000.000 (un millón de millones de marcos): “Dejé Hamburgo esa misma tarde. En una esquina la gente examinaba un nuevo billete cuyo facsímil se reproducía en afiches y donde se veía un número seguido por 12 ceros, un millón de millones de marcos en una sola pieza de papel”. Que mientras más ceros agregaba, menos valor poseía.

¿Seguiremos de espectadores pasivos y víctimas sufrientes de esta brutal espiral inflacionaria, que condena a muerte a quien no disfrute de un enchufe con el alto gobierno, no pertenezca a la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, se niegue a ir a Miraflores con la mano estirada para recoger las cajitas con las migajas del socialismo del siglo XXI o no posea algunas divisas ahorradas para enfrentar la mortal amenaza de hambruna, ya a punto de desatarse en una Venezuela dispuesta a reeditar las hambrunas bolcheviques, maoístas y castristas que hemos conocido, y que le costaran a la humanidad millones y millones de cadáveres? ¿Cuántos miles de millones de bolívares se necesitarán para financiar la farsa dominicana, de la que cabe no esperar absolutamente nada, salvo el simulacro de confrontaciones futuras o entendimientos electoreros para que, en una farsesca reproducción del Gatopardo cambie todo para que no cambie absolutamente nada?

Omar Barboza, la máxima representación de la oposición partidista, oficializada y reconocida como interlocución legítima del régimen, recomienda saber dónde estamos parados y hacia dónde vamos. Una recomendación que bordea el cinismo o la estulticia, pues no existe un solo venezolano que no sepa dónde estamos parados y hacia dónde nos conduce la dictadura. Los salarios haciéndose agua y el hambre golpeando las puertas. Lo cual nos lleva a no esperar nada, ningún cambio serio y real de parte de la Asamblea Nacional y los partidos políticos que la integran. De los diputados de la AN y los partidos de la MUD, según llevan años anunciándolo, no cabe esperar otra señal que la de seguir cabeza baja el vía crucis electoral y dejarnos a merced de Tibisay Lucena, Delcy y Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, El Aissami y el matrimonio Maduro-Flores.

Ilusiones de paralítico. Tras el vergonzoso fracaso político de la Asamblea Nacional y la claudicación entre aspavientos de sus anteriores presidentes, no cabe esperar nada de futuras elecciones. No hay empresario joven, exitoso y multimillonario, ni viejo y experimentado político de las pandillas sobrevivientes del naufragio de la cuarta, ni muchísimo menos automarginalizados politicastros adecos y copeyanos, o caras nuevas ya habituados a aceptar fraudes electorales o tránsfugas bolivarianos, que sean capaces de poner el país en pie de guerra, única condición para imponer elecciones limpias, decentes y transparente. Sin el país estremecido por los millones de ciudadanos desesperados por la inflación y el hambre, sin la rebelión de las fuerzas armadas, sin la amenaza creíble de juicios de responsabilidad civil y penal que los pudra en la cárcel, esas presidenciales serán la última farsa tolerada de nuestra existencia como república. Como acaba de afirmarlo Luis Ugalde: otros seis años cedidos gratuitamente a Nicolás Maduro para terminar de amortajarnos. Poco importa si acontecen en abril o en diciembre. Allea Iacta est. El juego ha concluido.

Entramos al túnel más tenebroso de nuestra historia. Y al salir de él nos encontraremos con un panorama desolador. No esperemos miel sobre hojuelas. Esperemos la hecatombe. O, echando por la borda el amasijo de cobardía y colaboración, reaccionemos con virilidad y fortaleza actuando con nuestras propias manos. Nos espera la noche. Llegó la hora de la verdad. Mañana será demasiado tarde.

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