Infografía| En La Victoria, los jóvenes fueron perdedores


c4     Laura Weffer Cifuentes.– Las madres lloraban desgarradas. Trataban de detener la caminata que se llevaría a sus hijos para siempre. El grupo de niños y adolescentes, entre 12 y 20 años, intentaba aparentar valentía, pero bajo esa lluviosa tarde de febrero de 1814, más bien causaban lástima. Eran 85 estudiantes del Seminario de Caracas. Algunos llevaban sombrero e iban vestidos con una especie de sotana; otros habían dejado los hábitos atrás y avanzaban con camisas raídas. Sabían que iban a morir.

La descripción que hace José Vicente González en su “Biografía de José Félix Ribas” dibuja también por qué 1814 fue conocido como el “año terrible” en Venezuela. En febrero, estaba plenamente vigente el decreto de guerra a muerte emitido por Simón Bolívar en 1813, no obstante, el teniente José Félix Ribas había hecho caso omiso dos veces al mandato de pasar por las armas a los españoles que hacían vida en el país.

Pero a la tercera va la vencida -o en este caso la derrotada. Después del revés de la primera batalla de La Puerta el 3 de febrero de ese año, Simón Bolívar le envió personalmente una exigencia a su comandante: Que fusilara a todos los europeos y canarios y que hiciese marchar cuantos hombres hubiesen en la ciudad de Caracas, especialmente los jóvenes estudiantes. Ribas obvió la primera parte, y cumplió la segunda.
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Para esa época, las tropas patriotas estaban quebradas y la guerra ya hacía mella en la población. “Para entender lo que pasaba hay que tratar de ubicarse en el momento. La guerra a muerte estaba latente en la vida de todos los venezolanos, a los 15 años de edad ya eras un hombre pues la esperanza de vida era muy baja y entrabas al seminario a los 10 años. A los jóvenes los reclutaban para la guerra a partir de los 12 años y se tomaba muy en cuenta el linaje y el árbol genealógico”, explica Gradielys Urbano, quien forma parte del equipo que estudia el bicentenario del año 1814 en el Archivo General de la Nación. 

Juan Vicente González, era historiador y escritor de la época pots-independentista. En la biografía de Ribas narra lo ocurrido en los días previos y posteriores a la Batalla de La Victoria. No solo describen cómo iban los niños a la batalla, sino que además, ahonda en el ánimo colectivo: “Un desfallecimiento general cundió por la administración; había cesado desde largo tiempo la seguridad de los bienes y de las personas. Ningún arte, ningún taller abierto. Los medios de los gobernantes para reprimir el desorden eran tan crueles como ineficaces, para todo la pena de muerte”. Incluso, el 25 de enero de 1814, Bolívar declaró que toda propiedad pertenecía al Estado.

Con ese panorama a cuestas fueron reclutados los estudiantes que quedaban en Caracas, niños y adolescentes que jamás habían tomado un fusil entre sus manos y que veían transcurrir la guerra desde las aulas de la universidad y el seminario, que aunque eran instituciones separadas, compartían el mismo edificio y por eso todos los estudiantes eran conocidos como “seminaristas”.

Sin curas. El sacerdote jesuita, Pedro Trigo, abordaba el tema al ser profesor de historia de la Iglesia Católica en Latinoamérica y considera que es un despropósito glorificar la fecha del 12 de febrero. “No tiene sentido que se celebre el Día de la Juventud y tampoco que la Iglesia se sume a esta conmemoración. Los seminaristas fueron arreados a la batalla y utilizados como carne de cañón. No eran contendientes para ponerlos a pelear en contra del ejército de (José Tomás) Boves. Era imposible que fuera una lucha igualitaria”, indica el clérigo.

Según las cifras que ofrece José Vicente González, de los 85 seminaristas que había al iniciarse la lucha, para marzo de 1814 solo quedaban seis y para julio solo uno. Si se calcula que en La Victoria participaron 1.500 hombres aproximadamente, entonces los 85 jóvenes representaban 5%.

Trigo considera además, que fue “una debacle para la Iglesia. Venezuela se quedó sin curas”. Quienes ya habían tomado los hábitos se habían sumado a la lucha independentista (algunos de ellos desde el bando realista y otros desde el bando patriota) y los pocos que quedaban eran los seminaristas.

La descripción que hace Ribas del saldo de la batalla da cuenta de cuán cruenta fue: “el campo quedó cubierto de cadáveres, artillería, municiones, armamento, caballos, equipajes y hasta los libros de las órdenes de los realistas”, cuenta en el parte de guerra. Los patriotas perdieron 100 hombres y 300 resultaron heridos

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Contra todo pronóstico, el ejército libertador ganó, en parte gracias a la táctica de romper las filas enemigas con la participación del coronel Mariano Montilla y Vicente Campo ElíasBolívar proclamó a Ribas como “el vencedor de los tiranos de La Victoria” y en una carta que escribe luego desde Caracas, le asegura a los familiares de las víctimas que los nombres de los guerreros “nunca serán echados en el olvido”.

Desarchivado. El director de la Academia de la Historia, Idelfonso Leal, nunca ha encontrado la lista de los seminaristas que participaron en la batalla del 12 de febrero de 1814. A pesar de que su especialidad durante los últimos 50 años ha sido adentrarse hasta en el último resquicio de la historia de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de haber sido cronista y director de su Archivo Histórico.

Tampoco halló nada en la Gaceta de Caracas -que daba cuenta de las viscitudes de la guerra diariamente- o en las misivas que se enviaron Ribas y Bolívar a propósito de la batalla, que originó que a partir de 1947, se celebrara el Día de la Juventud en todo el país.

Leal está convencido de que sí hubo participación , pero no fue masiva. Explica que entrar a la universidad era costoso y tenía restricciones. Ni las mujeres, ni los pardos, ni los negros podían ingresar y solo los hombres de tez blanca y provenientes de un matrimonio legítimamente comprobado tenían derecho a aspirar a graduarse. Tomando en consideración la población caraqueña de la época diezmada por la guerra, las enfermedades y la hambruna, considera incluso que los 85 estudiantes reclutados de los que habla González es un número exagerado.

Hoy, a 200 años de la conmemoración de esta fecha, no solo no se conoce la lista de los seminaristas que estuvieron ese día en el campo de batalla, sino que además el recuerdo histórico solo remite a la desgracia de una guerra. .

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