Jose Antonio Gil Yepes: El invidividualismo salvaje

Gil Yepes

El comentario que adelantó Donald Trump sobre la posibilidad de postergar la fecha de las elecciones presidenciales en Estados Unidos nos muestra, una vez más, un rasgo autoritario de su personalidad. Eso de adelantar o postergar una fecha electoral centenaria, el 04-11, porque se ve con la soga al cuello en las elecciones norteamericanas recuerda al Chávez que postergó el referendo revocatorio presidencial que debía haber ocurrido, según la ley, en octubre de 2003, hasta el agosto de 2004, simplemente porque los números todavía no le daban. También recuerda que Nicolás Maduro adelantó las elecciones presidenciales de 2018 porque sabía que sus desastrosas políticas económicas iban a seguir deteriorando el escaso apoyo electoral que tenía (debía haber perdido 79 a 21%, si la participación hubiese sido masiva), por lo que se aprovechó de la desunión de la oposición y creó las peores condiciones electorales posibles: encarcelamiento e inhabilitación de posibles candidatos de oposición, “Puntos Rojos”, propaganda ventajista y Observadores Internacionales no representativos, entre otras, para incentivar la abstención; lo mismo que hace ahora.

Vale la pena pues indagar sobre las características del autoritarismo y sus consecuencias para identificar cuánto daño nos hacen.

En un artículo anterior, “Trump y Chávez” , 01-08-2016, en esta misma columna, decía que…” Análisis superficiales ubican a Trump y Chávez en posiciones antagónicas…” en función de sus posturas llamadas de derecha e izquierda en lo económico. Pero, entre sus posturas políticas y respectivas personalidades se encuentran similitudes escalofriantes: Ambos son extremistas en sus respectivas posiciones económicas; ambos polarizan las relaciones político-sociales implantando el juego “amigo-enemigo; ambos señalan y culpan a algunos grupos sociales por los males de la sociedad; tal cual Hitler con los judíos, Trump culpa a los mexicanos y a los chinos, mientras Chávez y Maduro hacen lo mismo con los empresarios, el capitalismo, la oligarquía colombiana y el Imperio;  ambos exigen lealtades automáticas y sumisión vertical a sus seguidores; y ambos gobernaron creando un caos institucional nombrando y quitando a sus supuestos “colaboradores” bajo un régimen de incertidumbre y miedo. Léanse el libro de John Bolton, el ex asesor de Seguridad Nacional de Trump, The Room Where It Happened y el de Pedro Pablo Peñaloza, Chávez es Derrotable.

Pero lo peor de todo esto es que los rasgos que conforman un perfil de personalidad autoritaria tienden a destruir las instituciones y a las personas.

El autoritarismo destruye las instituciones porque la esencia de estas últimas es la vigencia de reglas de juego acordadas y respetadas; mientras que el autoritarismo las impone o las cambia en función de sus criterios o intereses personales. Dicho de otra forma, el autoritarismo destruye el capital social que se basa en un proceso socio-político conducido por un liderazgo participativo para definir los objetivos del grupo, la forma de alcanzarlos, repartir las responsabilidades y beneficios según las capacidades y esfuerzos de cada uno. La confianza surge de la convicción de que lo acordado se cumpla. Pero el autoritarismo no se basa en lo acordado ni permite crearse expectativas.

A nivel del individuo, el autoritarismo somete a los dominados a la sorpresa porque desconocen “lo que va a pasar”. Eso implica que cualquier iniciativa particular es de alto riesgo, puede ser castigada; por lo que, los menos enfermos, buscan sacar de cualquiera ellas un alto rendimiento, mayor que el esperado si hubiese seguridad jurídica. En el peor de los casos, se busca no aplicar el Know How sino el Know Who, buscando privilegios y hasta la corrupción. Y estos desviados ven a los honestos como tontos: Otra ética, que tiene sus argumentos. La peor consecuencia del autoritarismo a nivel de los individuos es que, al desconocer las reglas de juego, cada uno desconfía del otro y llega a la conclusión de que se debe salvar solo. Precisamente, esto es lo que le conviene al actor autoritario para seguir siéndolo: la división entre sus súbditos.

Hasta que no entendamos que rescatar al individuo, a los grupos plurales y las libertades frente al autócrata, sin caer en el caos del individualismo salvaje o “sálvese quien pueda” no saldremos del caos. Nuestro problema no es que nos empobrecimos económicamente, sino que nunca hemos sido ricos en capital social, es decir, en autonomía y responsabilidad individual equilibrada con responsabilidad social.

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