Ser maracucho, una idiosincrasia a toda prueba


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Ilustración: Jaime Ortega

    Dueño de una dialéctica incisiva y punzante, de un discurso atípico, de una manera de vivir utópica y artística, los nacidos en esta tierra se calcinan entre humores y malas palabras a 46 grados centígrados. ¿Qué nos hace tan auténticos? El sociólogo el y profesor universitario José Luis Monzant nos los explica.

César Bracamontes

El maracucho es el ser humano con una idiosincrasia única, capaz de ganarse el odio más perverso en un instante o el amor más profundo también en ese mismo instante. Somos dueños de una dialéctica incisiva y punzante, de un discurso atípico, de una manera de vivir utópica y artística. Los nacidos en esta tierra se calcinan entre humores y malas palabras a 46 grados centígrados.

Fuimos el último bastión del yugo español en el país, por eso ‘vos’ y no tú, tal vez por eso la misión de llevarle a todo la contraria, heredamos el Lago, al que luego empeñaríamos por unas cuantas torres petroleras. Somos los mismos que ‘mardecimos’ sin razón y damos siempre la dirección erróneamente, hemos crecido con una odiosidad remota que trasplantamos sobre generaciones y los mismos que al llegar otra región nos dicen: habla para reírme.

El maracucho es el único ser sobre la tierra que toca la corneta del carro sin razón alguna, el que se desnuda el torso en el Pico Bolívar y grita: “¡En el cuarto de mamá hace más frío que en la verga esta!”, es capaz de trancar una avenida entera por comprar un cepillao, discuten con los cajeros automáticos y en Maracaibo se considera un semáforo apagado como uno de los peligros más grandes del universo, similar a la de un banco de enriquecimiento de uranio en Rusia.

Somos una gran ciudad. Llena de escritores, músicos, poetas, pintores y de grandes letrados, capaces de conjugar la palabra “mardición” en cualquier tiempo que la gramática exija y en el que no también. Somos universales, en cualquier rincón del mundo hay un maracucho, y que puede identificar fácilmente: tiene más de un teléfono celular, bermuda jeans ¾, esclava, sandalias de cuero y, por supuesto, un llavero, con no menos de 300 llaves que no usa, es capaz de ver a La Chinita (virgen de la Chiquinquirá) en placas de rayos X, latas de atún, cervezas derramadas en el piso, en la copa de una mata de mango y hasta en una roncha; ¡ah! y escandalosos, en eso no nos gana nadie.

Es lamentable que en Venezuela la única gastronomía que no se puede exhibir es la del maracucho, como también es el único lugar donde se vende pollos anaranjados asados en calentadores de empanadas, los pastelitos más ácidos rellenos de cosas inusuales: de pizza, puré, de guiso de hallaca y de aire, con un toque de queso.

Nuestra gastronomía va desde un yoyo (plátano, queso, y aceite del día [de la inauguración del kiosco o puesto] y huevo), las tradicionales mandocas que a golpe de 9 ya parecen de plástico, tequeyoyos entre otras exquisiteces, y ojo, el maracucho fue quien inventó meter un bombillo de 500 en los calentadores, para mantener a temperatura esos manjares matutinos.

Casi todos nos llamamos Engelberth, y se cree que en Maracaibo hay unas 2.000 versiones de este nombre, sin que ninguno se escriba igual. Inventamos el patacón, el lampazo, la busaca; incluimos en el Diccionario de la Real Academia palabras como: pringando, flicha, fritica, sicutillo, cachimbo, nada se iguala a nuestra imaginación. El maracucho es versátil, al momento de condicionar su acento, en unos tres días en la capital puede olvidarse por completo de sus raíces y hablar de tú, al mejor estilo de Petare.

En Maracaibo un policía puede pesar unos 200 kilos (0,2 ton.) y además de eso pertenecer al comando motorizado. En muchos laboratorios de sociología del mundo se estudia por qué el maracucho: aplaude cuando aterriza un avión, mueve el trago con los dedos, toma herbalife y no baja de peso, y todas las comidas las combina con queso cebú (queso de mano). Está comprobado que un maracucho puede acabar con una caja de cervezas en lapso de una hora sin ir al baño, además de eso combinar esta ingesta picando (comida ligera o entrada): unos chicharrones pelúos (oreja de cerdo), chicharrones de bolsa con limón, medio balde de aciditos (pastelitos de extraña procedencia que se venden en esos recipientes) o viagra (mango verde con sal/limón/cubito/adobo/.

Otras de las características más resaltantes son los apodos y refranes. Es del saber mundial que aquí se ponen los apodos más emblemáticos del universo, remoquetes como: ampolleta, dochedar (Dodge Dart), bajareque, cielo raso, flor de barranco, cintura e huevo, banquete de gallo entre otros ilustran la cultura zuliana desde finales de siglo. Así como también refranes épicos: sois más suelto que el arroz primor, estáis más combinao que una caja fuerte, tenéis más línea que la cantv, sois más feo que un choque con muertos con los niños adelante, tenéis más vista que pato macho, no te salva ni un collar de limones, tenéis más entradas que el sambil.

Maracucho que se respete no da paso, no pone la luz de cruce y bajo ninguna circunstancia respeta un pare, para nosotros, no se sabe por qué: todas estas cosas son normales. Es un misterio para el resto del mundo por qué el maracucho ve los periódicos de atrás hacia adelante, por qué le gusta entrar por las salidas y por qué sin necesidad puede trancar una avenida por pura odiosidad unas dos horas. No hay nada que le guste más a un maracucho que un Caprice Classic, un Malibú, un Century Buick y últimamente un Ford Fiesta; a estos suelen ponerlos “malcriaítos” como ellos mismos comentan y esto consiste en: eliminar la maleta para colocar 1500 toneladas de sonido que dentro del carro hace imperceptible e inentendible cualquier vallenato o reguetón, de igual forma hay que colocarle el papel ahumado más oscuro no importa que en las noches más oscuras le pase por encima a unos 20 perros y a 100 reductores a 160 kph, en el tablero nunca debe faltar una versión enana de una hamaca o un sombrero guajirero.

Está comprobado científicamente que el maracucho no nació para hacer colas, no soporta un semáforo en rojo, es natural en Maracaibo que cuando llueve se acelere, que el primogénito deba llamarse igual a su progenitor, que los triángulos de seguridad sean atropellados, estacionarse en tres puestos, echar gasolina cuando se tienen ¾ de tanque, decirle a todos los diarios PANORAMA, trancar entradas a estacionamientos y, por supuesto, cruzar el Puente sobre el Lago a 200 Kph. El maracucho comienza la Navidad al llegar octubre y la finaliza por ahí el último de enero, el maracucho es muy jocoso y apoya a sus equipos solo si ganan, en la cartera tiene fotos hasta de un tío perdido un siglo antes, va al cine a hablar del carro, la jeva o a comerse un combo de ocho piezas de Arturos, para el maracucho la C1 es una autopista y no una calle que circunvala la ciudad. Por otro lado, se dice también y es de fácil comprobabilidad que las maracuchas son las mujeres más hermosas del mundo y que van a cualquier parte: concierto, templete, vallenato fest, tarima; en tacones Luis XV; quien las invite a salir debe gozar de salud y paciencia, puesto que no hay nadie que se dé más postín que una maracucha, tienen el reloj atrasado por lo menos tres días. Las maracuchas van al centro comercial como si fueran finalistas del miss Venezuela, las hay de todas las estirpes y colores con los humores y los sabores más exóticos del universo, a tal punto que hay hasta gente de la realeza casados con nuestras hermosas maracuchas.

Se cree que somos los seres con el mejor humor del planeta, que nos reímos de todo, que podemos sacarle punta a una bola de billar y que por nuestro acento seamos motivo para no parar de reír nunca. Es una tierra noble llena de gente noble y de personajes icónicos como Roñoquero y Mamblea, de seres excepcionales como Fernández Morán, Ricardo Aguirre, Udón Pérez, que han pasado y han nacido en esta: La tierra del sol amada.

Para el sociólogo y profesor universitario José Luis Monzant, “el maracucho es un ser especial, más allá de los supuestos complejos de inferioridad que circundan o mitifican el comportamiento nuestro, hay muchos factores que intervienen para que seamos así. Uno de los principales, es que el maracucho desciende de la comunidad andaluza y si nos remitimos a la idiosincrasia de esa región, vamos a encontrar muchas similitudes entre nosotros y ellos. Otra quizá no menos importante es el aislamiento geográfico, antes de que existiera el Puente, estábamos muy desligados de todo, hasta hubo una época que para ir a Caracas había que sacar pasaporte, el vapor que salía del puerto de Maracaibo primero debía llegar a Aruba antes de arribar a la capital venezolana. La compilación de tantas culturas apiñadas por ser un puerto interesante durante el siglo XIX, desembocó en lo que somos, a esto también le debemos sumar lo: jocosos, bocones, altaneros, de humor extraño. Y la tilde de ‘Maracuchos’ se la debemos a Guzmán Blanco que por el recelo económico que fluía en la capital zuliana y no en Caracas, se refirió a nosotros en tono despectivo diciendo que Maracaibo era una playa de pescadores”.

Asimismo, José Rivera, poeta callejero, vagabundo, paria y representante inigualable de lo que es un maracucho en potencia aseguró: “Mijo, vos no entendei, nosotros somos únicos en la bolita del mundo, lo demás es monte y culebra, el resto del país lo que hace es chupase los cobres que nosotros producimos. Tenemos Lago, China y Puente, mijo… que más se le puede pedir a Dios, maginate que cuando vienen los turistas y nos ven quedan azul, somos vergatarios, maginate que aquí no hiciera este calorcito sabroso de 46 grados, no cupiera la gente, mijo, tenéis que aceptarlo, somos lo mejor”.

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