COLLARES Y PULSERAS AL MAYOR

Una de las víctimas del robo a autobús de Aeroexpresos cuenta cómo sucedió


7    Los delincuentes estaban en medio del robo de los pasajeros en el segundo piso del autobús de Aeroexpresos Ejecutivos cuando sonó el teléfono de la chica embarazada. Uno de los asaltantes tomó el aparato y le respondió al esposo de la chica: «Este teléfono está secuestrado y todos están muertos». Así lo contó Paola González, quien recuerda cada detalle del asalto del que ella y 51 pasajeros más fueron víctimas la noche del viernes en Caucagua.

Cuenta que cuando el autobús se accidentó por segunda vez, ella le dijo a sus amigas con las que se escribía por BlackBerry que estaban en una zona oscura y que tenía miedo.

Las amigas, que estaban en Higuerote, se ofrecieron a buscarla, pero ella aclaró que si el autobús, que cubría la ruta Caracas-Puerto Ordaz, se volvía a parar, ella les avisaba. Un kilómetro más adelante se detuvieron frente a un caserío y un lugar de comida. El compañero de puesto de Paola vio que tres hombres armados (con una escopeta, una pistola y un machete) comenzaban a golpear el autobús, y le dijo a ella lo que pasaba: «Pude escribirle a mis amigas ‘nos están secuestrando'». A ella sólo se le ocurrió esconderse el celular en la ropa íntima, con su cédula, tarjeta de débito y BsF 50.

El autobús comenzó a andar rápido por un camino de tierra y maleza y se detuvo. Uno de los choferes, de nombre Frank, llegó al primer piso, donde estaba Paola y otros nueve pasajeros, escoltado por uno de los delincuentes, y les informó: «Tenemos que colaborar porque esto es un robo».

El sujeto tomó la cartera de la primera pasajera y ordenó al chofer pasar recogiendo lo que cada quien llevaba: «¿Alguien tiene arma?» preguntó el sujeto. Todos negaron. «No me vean la cara y levanten las manos. Entreguen los BlackBerry porque los vamos a revisar y al que no haya dado todo lo matamos», aclaró el delincuente.

La revisión

Paola sintió terror y cuando comenzaron a bajar del autobús le dijo a uno de sus captores que sufría de tensión alta.

Abajo ordenaron al chofer que revisara a todos, y que si algo se le pasaba lo iban a matar. Cuidadoso, el chofer revisó a cada uno apenas levantando los pantalones. Cada persona que había pasado el proceso debía acostarse en el suelo, boca abajo. Paola advirtió que ella se sentía mal y la dejaron quedarse boca arriba. Algo se notaba entre sus ropas.

Uno de los asaltantes lo notó, ella sólo sacó la cédula y él le aclaró que eso no se lo iban a quitar. De camino de vuelta al autobús a uno de los jóvenes se le notó el celular entre las medias. Luego de quitárselo, uno de los sujetos le dio planazos con un machete al chofer del autobús. Hasta la ropa interior estaba desperdigada por el piso. Los ladrones revisaron todos los bolsos y pertenencias.

Llegó el turno del segundo piso. Allí fue un pasajero el que pasó de puesto en puesto recogiendo las pertenencias de las 42 personas que estaban allí.

Cuatro niños y la chica embarazada integraban el grupo. Tras atender el teléfono de la chica embarazada, la joven comenzó a llorar, y una señora mayor intervino pidiendo a los sujetos que consideraran su condición. La dejaron bajar de primera con la señora.

Al entregar sus cosas, una de las pasajeras, que tenía a su niño dormido en las piernas, olvidó entregar una pequeña cadena de oro; uno de los ladrones le arrancó la cadena y comenzó a darle bofetadas mientras ella suplicaba que no frente a su hijo. Ante el clamor de la gente, permitieron que los niños se quedaran en el autobús.

Abajo revisaron de nuevo a todos, y cuando ya regresaban vieron una joven tenía algo escondido entre la ropa. La obligaron a desnudarse frente a los demás: había escondido BsF 5 mil en pequeños rollitos.

Cerca de la 1:00 a.m., casi cuatro horas después de que comenzó el robo, los delincuentes seguían coordinando por teléfono: «Ya aquí estamos listos. ¿Quién nos viene a buscar?». Llegaron dos motos y una camioneta e hicieron cargar a un joven pasajero las maletas y la encomienda y además le robaron los zapatos deportivos. Los ladrones se llevaron la batería del autobús y trataron de arrancar los televisores.

Enseguida advirtieron que llegaba Polimiranda y huyeron, algunos en los vehículos y otros corriendo por el monte. Escucharon llegar un carro que paró a unos 20 metros. Por altavoz, un funcionario les decía que era la policía y que bajaran del autobús. Nadie lo quería hacer.



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