YAJAIRA HERNÁNDEZ;Éxodo de la excelencia

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Ni la proverbial sabiduría del refranero popular ha podido sobrevivir a la tragedia que significa vivir en Venezuela.

Porque ni siquiera aquello de ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’, incrustado en la genética nacional desde que se tiene memoria, fue suficiente para que centenares de miles de venezolanos prefirieran la provisionalidad del país nativo por encima de la incertidumbre de volar a tierras desconocidas.

Es así como en los más de tres lustros de calvario revolucionario, y casi en precipitada huida, dejaron atrás sus historias personales más de dos millones de venezolanos que salieron en búsqueda, allende las fronteras nativas, de la vida digna que su patria les niega… o, en honor a la justicia, la que le arrebatan los gobernantes de su país.

Lo doloroso de la diáspora es que, a diferencia de lo que el recién electo presidente norteamericano le endilga a sus vecinos, la mayoría de quienes se ausentan de Venezuela están entre los más instruidos y mejor formados en distintos oficios y profesiones.

Un estudio realizado por el autor de ‘La voz de la diáspora venezolana’, Tomás Páez, revela que se acerca a dos millones el número de venezolanos que compraron sólo un boleto de ida, agobiados por una crisis económica, política y social que no tiene cuando acabar y que arrojó del país a quienes, de otro modo, jamás habrían pensado en dejar atrás toda una vida que habrán de rehacer en un escenario ajeno.

Se trata de un 7 por ciento de la población que se esparció por noventa naciones del mundo huyendo de la devastación de su país de origen. Lo más lamentable es que el ochenta por ciento de ellos no tiene la menor intención de regresar si persisten las condiciones que motivaron su decisión de partir.

En la segmentación de esa emigración se encuentran 15.000 solicitantes de asilo político, 20.000 expulsados ‘de modo indigno y humillante’ y 14.000 profesionales de la salud que han recibido un trato de ciudadanos de segunda. En el ‘lote’ también entran contadores, economistas, administradores y gerentes, así como ingenieros en distintas especialidades, que no encuentran espacios laborales en el país que los formó.

Por fortuna, una gran mayoría encontraron en el país de acogida lo que el propio les negó. En la clasificación que hace Tomás Pérez se encuentra que el 20% son emprendedores que han creado sus propias empresas y ‘son creadores de riqueza, empleo, semilla democrática y cohesión social’. Un 65% son ingenieros, médicos, contadores y administradores, arquitectos, sociólogos, comunicadores sociales, que trabajan en empresas, instituciones y universidades. Y un tercer grupo está conformado por estudiantes de idiomas, postgrado y pregrado, así como especialización en sus respectivas áreas de experiencia y formación.

Son venezolanos que, al margen de las críticas feroces o de los discretos aplausos por su arriesgada apuesta, decidieron marcharse de un país que, durante la gestión colorada, ha recibido ingresos que quintuplican los presupuestos de todos los gobiernos de los cuarenta años de democracia, pero que lejos de ser invertidos en bienestar y progreso, se perdieron en corrupción, anomia, anarquía y oscurantismo.

Son nacionales que se escabulleron de una geografía donde una vida vale menos que un calzado, un celular o un paquete de pañales, y cuya capital exhibe la nada honrosa condición de ser la ciudad más peligrosa del planeta.

Escaparon de la arbitrariedad que suponen las invasiones, la confiscación de propiedades y las amenazas e interferencias a la actividad privada.

Evadieron un territorio hipotecado, con la mitad de su parque industrial quebrado, un tejido empresarial semidestruido, la más elevada inflación del planeta, con pésimos servicios públicos, censura, desempleo, inseguridad e impunidad, escasez, miseria, hambre y bajo sospecha internacional.

Son venezolanos que lograron zafarse de un país en ruinas.

Porque quienes aun lo dudan, seguramente no se han enterado que, hoy por hoy, Venezuela exhibe el riesgo país más alto del mundo,

El índice EMBI, que es un indicador que describe lo riesgoso que es invertir en un activo, le asigna a Venezuela 2.169 puntos, cifra que triplica a Ecuador, único país que se le acerca debido a los traspiés de su economía por la baja de los precios del petróleo.

Las causas de la deshonrosa posición nacional en ese ranking la explicó el diputado a la Asamblea Nacional, José Guerra, en estos términos: “El alto riesgo de invertir en Venezuela se debe a que no hay ninguna ley que respalde el dinero…, la inflación es de 700% y un déficit fiscal que no se puede financiar fácilmente”.

Una complicada jerga económica que, en pocas palabras, habla del peligro que implica invertir en Venezuela. Pero que para el venezolano de a pie significa mayor deterioro de su calidad de vida, con todos los riesgos que eso lleva implícito. Y para aquellos que abandonaron el territorio patrio supone, también, la inalcanzable meta de regresar a la tierra que los vio nacer. Mientras que al país le grita que cada vez se alejan más sus posibilidades de volver a ser grande.

@YajaHernandez|Periodista|Profesora universitaria




Categoria(s) del contenido: Opinión,Última Hora


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