COLLARES Y PULSERAS AL MAYOR

Yordano: desbocado y sin temor en Nueva York


   Nueva York.- Y llegó la noche del sábado 8 de octubre y tembló hasta el cielo: como una serpiente al acecho casi me hipnotizó. Me cantó en español y un ratico en inglés e italiano, comenzando con un tributo al fallecido Jerry Leiber (Stand by me). Ambos sabíamos que el miedo estaba ahí y le supimos ganar. No sé usted, pero yo rodé como una piedra, terminé con el cuerpo confundido con la arena, como un sueño arrastrado por una lluvia del desierto. Aún ahora mi voz se quiebra, lo admito, sin un rastro de rabia.

Sucedió. No son páginas de un cuento. Muy rápido me convencí de la suerte de tener madera fina, ser ladrones de sombras y estar locos de amor por el tiempo que nos queda. Quiero recordar milimétricamente, pero no es fácil, el éxtasis me genera lagunas y pongo a unos en el lugar de otros, así como a usted la fama y los conciertos lo ponen nervioso y tan feliz que hasta lágrimas le sacan. Por eso cantó con lentes de sol,  luciendo su mejor camisa, vestido de sonrisas sólo para mí, dejando sin rumbo la noche, terrible y sublime a la vez.

Yo creía que hablaba español, pero usted con su manantial de poesía y la audiencia con su espontaneidad -chévere, jeva, pana, chama-, entre el ruido y las risas me enseñaron palabras que antes no hacían falta y trato ahora de que no se pierdan en mi mente. Incluyendo su banda: Eddy Pérez, Henry Paul Díaz, Nelson Sarda y Demian Arriaga, siempre acompañados de videos proyectados por su hija Camila. No me dieron la luna, pero me enseñaron cómo alcanzarla. Tanto talento ofende.

No fue una noche de un día cualquiera de esos que terminan cuando el alba ilumina. Yo que lo he visto todo, puedo decir con toda autoridad que hay músicos de músicos. De ahora en adelante, al celebrar, brinde por mí. Yo haré lo mismo ahora que entiendo por qué en su Venezuela se puso de moda aquella frase al abrir sobres en las entregas de premios: «y el ganador es…  Yordano».

Señor Di Marzo: volver no es imposible, puede regresar a la hora que sea para que haga conmigo lo que quiera, me saque sangre de las venas, vele mi descanso o bailemos tan cerca de la medialuna otra madrugada o un día de mucho sol. Mientras, aquí esperaré para mirarle a los ojos otra vez, pero si me necesita yo iré corriendo donde esté, sea un lugar secreto o tan céntrico como Pinto a Miseria. Si está junto a mí, qué me importa el lugar.

Lanzo una sentencia en pintura de labios: ahora que lo conozco, nadie me lo saca de aquí. Reconócelo: tú te lo buscaste y yo digo que te quiero para siempre. Tendrías que quedarte ciego para no verme más porque esto se hará más fuerte con el tiempo. Aunque si es verdad que no hay esperanzas cuando el amor es tan joven, tal vez sea mejor caminar esta tristeza y dejar que la noche esconda mis lágrimas en la sombra. Tuya, Carnegie Hall.





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